«El beso del ayuntamiento» Robert Doisneau

   Las guerras tienen el poder de congelar el tiempo y devolverlo, años después, envuelto en cenizas. El recuerdo rugoso, gris y casi inexistente de algo que, un día, fue consistente. Apreté los labios y cogí aire profundamente. Seis años esperando a que la llama incesante de la guerra se apagase. Quinientos cuarenta y siete días esperando a Jacques, que se fue en la misma estación de tren en la que aquel día le esperaba. Entre mis manos, sostenía con fuerza el asa del bolso negro y el papel en el que anoté los datos de su viaje. 

    Bajé la mirada hacia mis zapatos de salón que pisaban con fuerza el arcén. Pronto escuché el carreteo del tren sobre las vías. Mi media melena se agitó con la velocidad de los últimos pasos del ferrocarril. Las puertas se abrieron. Miré al frente y hacia la derecha intentado localizar a Jacques. Mi mirada se cruzó con la suya que se acercaba a mí. Nuestros pasos ligeros se toparon con un abrazo al vuelo y un beso anhelado.

   El objetivo de Robert Doisneau capturó ese instante que, días más tardes, acaparó todas las portadas, junto con los titulares que proclamaban el fin de la Segunda Guerra Mundial

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